Vivimos convencidos de estar en “tiempos modernos”, como si nuestra época fuera una cima inédita en la historia del pensamiento. Pero no es difícil imaginar que, hace mil o diez mil años, otros también llamaron “moderno” a su presente. Esta paradoja nos invita a cuestionar la linealidad del tiempo: ¿ha existido realmente algo llamado “antigüedad”?
Desde la visión del Yoga y del Vedanta, el tiempo no es una secuencia hacia adelante, sino un continuo del eterno presente. La conciencia verdadera no se mueve en el pasado ni se proyecta al futuro, sino que habita el instante. Así, vivir con propósito implica actuar con plena atención, reconociendo que cada gesto tiene una dimensión trascendente.
Trascendencia
Cuando el yoga habla de trascendencia, no se refiere a una gloria terrenal ni a dejar huellas memorables. Trascender no es engrandecer el yo, sino disolverlo. No se trata de escapar del mundo, sino de ver más allá de sus formas cambiantes. Trascender es, en el fondo, trascenderse: ir más allá de la identidad que nos hemos atribuido.
Para la mentalidad moderna, que ha sido moldeada por el individualismo y la exaltación del logro personal, puede resultar inconcebible verse a sí mismo como un vehículo de la conciencia divina. Pero eso es precisamente lo que propone el Vedanta: que somos expresiones de lo Absoluto, y que la Divinidad no está lejos, sino íntimamente presente en nosotros.
La distancia con Dios
Hoy la humanidad vive como si Dios estuviera ausente, lejano, o incluso como si fuese innecesario. Sin embargo, desde tiempos antiguos, la Tradición Védica ha sostenido que lo divino no está en el exterior, sino en el centro mismo de nuestro Ser. El Atman, el ser interior, no es distinto de Brahman, la realidad última. Así lo afirma el mahavakya védico:
"Aham brahmasmi" — Yo soy brahman.
Este conocimiento no es una creencia, sino una realización. No es el resultado solo de la fe, sino de la experiencia interior. El vedanta no propone que adoremos una deidad separada, ni que glorifiquemos nombres o formas sagradas por sí mismos. La enseñanza profunda no es que haya un salvador exterior, sino que el Ser mismo es sagrado, eterno y pleno. Y ese Ser se encuentra en nuestra conciencia, nuestra íntima capacidad de percibir; es lo que está en la raíz de todo pensamiento y toda experiencia.
Los upanishads lo advierten con claridad: aquello que adoramos como distinto de nosotros puede destruirnos. La verdadera devoción, entonces, no es dirigida hacia fuera, sino hacia adentro: hacia el reconocimiento del Ser como presencia divina.
Un desafío moderno
Pero surge una pregunta inevitable: ¿cómo puede el ser humano contemporáneo comprender una verdad tan profundamente subjetiva como “Dios está en nosotros”? El problema no es una incapacidad esencial, sino el hábito de haber proyectado la divinidad fuera de nosotros mismos. En esa proyección, la idea de Dios se volvió cada vez más lejana, más abstracta, más compleja.
Aquí es donde el yoga cobra su importancia como camino de retorno. No es una práctica meramente física, ni una filosofía conceptual: es una vía de reconocimiento interior. El yoga ha sido, desde sus orígenes, una estructura viva capaz de modelar en el ser humano una percepción más clara de la divinidad. Y no por arrogancia o esoterismo, sino porque comprendió, desde hace milenios, el propósito profundo de la existencia.
Como enseña el Shiva Kriya Yoga:
“Si realmente conocieras tu naturaleza,
harías todo esfuerzo por diluir,
por trascender tus limitaciones...
Es como si tuvieras que buscar razones aún más poderosas
dentro de lo que eres.”
Sri Mataji Shaktiananda
Llegados a este punto, podemos comprender por qué el Vedanta dice que lo complejo no es Dios en sí mismo, sino nuestra manera de concebirlo desde la fragmentación de nuestra mente. En su esencia, la divinidad no es complicada: es indivisible, infinita, silenciosa. Pero al mirarla desde el ego, la envolvemos de nombres, imágenes, y nos perdemos de la experiencia directa de Aquello.
Por eso, descomplejizar a Dios es posible. Siempre lo ha sido. Pero el camino exige una revolución interior: abandonar la idea de un Dios externo que debe ser adorado, y comenzar a reconocer la presencia que nos habita. No se trata de negar las formas religiosas, sino de ir más allá de ellas. De clamar, en silencio, al silencio mismo.
El vedanta no exige fe ciega, sino el valor de mirar hacia adentro. El yoga no ofrece una salvación venidera, sino una realización presente. Ambas tradiciones coinciden en que la divinidad no es un objeto lejano que debe ser encontrado, sino una realidad inmediata que debe ser recordada. Y eso, justamente, es lo que hace de Dios una idea compleja para el hombre moderno: no su naturaleza, sino su inmediatez.
“Atrévete a más, date confianza, respira sin temor,
créete el momento, asume tu capacidad, refleja tu interior,
acepta el Ser, registra el vacío, clama el silencio.
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