“Asana debe ser firme y agradable.
Mediante la relajación del esfuerzo y la absorción contemplativa en Ananta (el infinito),
el practicante deja de ser perturbado por la dualidad.”
Patanjali - Yoga Sutras
La palabra asana proviene de la raíz sánscrita ās (“sentarse”, “asentar”, o “habitar”). El sufijo ana forma el sustantivo relacionado con la acción de sentarse. Así que asana puede significar “el acto de sentarse”.
De lo visible a lo invisible
En la actualidad mediática, es fácil encontrarnos con formas visiblemente reconocidas alrededor del yoga: una postura que parece más una pose donde lo que importa es lo que se ve, como una foto que transmite alguna estética. Un modelo, un gesto, una forma: posturas que remarcan la visión desde el exterior. ¿Es esto el yoga… ubicarse solamente ahí, en estas posturas?
Si llevamos la mirada hacia una experiencia interna del Yoga, en donde no hay fotografía posible para mostrar, ni espejos o espejismos que confundan, ni referencia que modele nada, podemos preguntarnos: ¿es suficiente que el cuerpo reproduzca correctamente una postura para que exista verdaderamente un asana?
Parece necesario entonces plantear una reflexión alrededor del asana como uno de los pilares de la experiencia profunda del Yoga. ¿La postura en la práctica depende únicamente de la configuración externa del cuerpo? ¿qué relación se configura entre forma, esfuerzo, respiración, atención y conciencia para experimentar sus cualidades?
De la postura al asana
Habría que distinguir entre dos aproximaciones fundamentalmente distintas al momento de adoptar una postura para la práctica del Yoga. Un primer aspecto es la posibilidad de adoptar físicamente una postura determinada. Podemos tomar como ejemplo las descripciones concretas para la ejecución de cualquier postura, en donde se presentan ingredientes y pasos específicos, hasta lograr un resultado concreto. De la misma manera, las descripciones que se encuentran en los textos dedicados al asana, detallan la ejecución física de muchas posturas, indicando la secuencia de ubicación de cada miembro, hasta conseguirla. Esta sería la forma física de lograr la postura, que puede parecer correcta si es vista desde lo perceptible con los sentidos externos. Sin embargo, si el practicante experimenta tensión, sentimientos de competencia, miedo, distracción o vanidad, estas cualidades internas ponen en duda el logro completo del asana, la cual es completa a partir de la disposición interna del practicante por encima de todas las demás consideraciones.
Cabe recordar que Patanjali hace énfasis en la habitabilidad consciente de la postura física, para lograr un estado meditativo que le de la cualidad de asana. De manera similar, en el Sistema de Shakti Yoga, ofrendado por la Madre Shaktiananda y el Mahavatar Babaji, el diseño de posturas hace especial énfasis en la purificación y la armonización del cuerpo en todos sus niveles, propiciando la conexión con el Ser desde una visión actualizada de esta disciplina milenaria. Aquí se entiende al asana como toda posición armónica del cuerpo que propicie la activación del Sistema Vital de Energía, con el propósito de convertirlo en un óptimo receptor de luz. Desde esta definición, se entiende la posición armónica del cuerpo -no necesariamente alineada de forma exacta- para propiciar el flujo del prana a través de sus canales sutiles, con el propósito de iluminar las cualidades de conciencia del practicante.
Reuniendo ambas visiones, tanto la descriptiva del asana, como la cualidad de conciencia que debe ser contenida en la misma, vamos comprendiendo la interdependencia entre una y otra. Si el medio es el cuerpo y la finalidad es la conciencia, podríamos pensar que la cualidad de la experiencia interior del asana podría ser incluso más importante que la perfección en su exactitud física.

Sthira y sukha: estabilidad sin rigidez
El sabio Patanjali en su Yoga Sutra II.46, proclama:
Sthira-sukham āsanam.
Este aforismo contiene dos términos clave para entender la naturaleza del asana:
Sthira: que significa estable, firme o constante; y
Sukha: cómodo, agradable, espacioso o libre de aflicción.
De este modo podemos entender la esencia del asana como una postura física en la cual hay conciencia y firmeza en su ejecución, pero al mismo tiempo existe una postura o disposición de conciencia en la cual la mente se encuentra en gracia y libertad ante cualquier tipo de sufrimiento. Además, es importante que el practicante no confunda estabilidad con rigidez; la comodidad tampoco significa pasividad o ausencia de esfuerzo. El asana reúne estas dos cualidades aparentemente opuestas: sostener la forma activamente (sthira) y, al mismo tiempo, permitir que exista un espacio de plenitud (sukha) mientras permanecemos en ella. El asana verdadero debe ser firme y sin violencia.
Ahora bien, llevar la sabiduría de Patanjali a la experiencia propia implica necesariamente la posibilidad de reconocer la naturaleza del propio cuerpo, sus condiciones favorables, tanto como las limitantes, para poder desde allí establecer el punto de partida y desarrollar una práctica orientada a la consecución física adecuada junto con la cualidad de conciencia esencial que se propone.
Cada practicante inicia desde una condición física y energética particular, por tanto no debería existir una referencia externa basada en la capacidad de otras personas. Lo que debería predominar es la transformación observable en el propio proceso físico (externo) y sutil (interno). La comparación corporal es uno de los más grandes males de nuestros tiempos. Ha hecho desviar la atención hacia lugares en donde no podremos encontrar todo el potencial de transformación que poseemos de forma inequívoca, solo por ser humanos con un cuerpo físico que representa nuestra verdad, aquella que sólo puede hallarse mediante el autoconocimiento y la revelación de la experiencia interior.
Es así como se hace necesario dejar la búsqueda de una forma idealizada, eliminar todo pensamiento que contenga un matiz de competencia y evaluar el proceso interno según el logro del sentimiento de libertad alcanzado, sin perseguir una meta de flexibilidad o complejidad física. Desde esta visión, el logro del asana corresponde entonces a la mejor postura que pueda alcanzarse sin tensión alguna y con la mente en reposo.
La paradoja del esfuerzo
En este punto podríamos encontrarnos con una paradoja que enmarca una de las claves para la experimentación más profunda del yoga propuesto por Patanjali, si observamos los sutras II.46 y II.47 como una sola unidad.
El Yoga Sutra II.47 nos dice:
prayatna-śaithilyānanta-samāpattibhyām
Podría traducirse como: “mediante la relajación del esfuerzo y la absorción contemplativa en Ananta, lo infinito”.
Analicemos primero los términos prayatna-śaithilya:
Prayatna: esfuerzo, empeño o aplicación.
Śaithilya: relajación, disminución o aflojamiento.
La práctica requiere esfuerzo para aprender, preparar el cuerpo y construir la postura. Sin embargo, llega un momento en que el esfuerzo excesivo se convierte en obstáculo. Por tanto la postura comienza a madurar cuando se conservan las acciones necesarias y se abandonan las tensiones superfluas.
Luego, aparece la palabra clave que revela un significado aún más profundo: ananta. An (“sin”) y anta (“fin” o “límite”); por tanto, significa “sin fin”, “ilimitado” o “infinito”.
Hilando ahora ambos sutras (46.2 y 47.2) comprendemos que la postura estable y cómoda no sería simplemente una definición inicial, sino el resultado de la relajación del esfuerzo o de la absorción meditativa en lo infinito:
“El asana debe ser estable y confortable. Se logra mediante la relajación del esfuerzo y la absorción contemplativa en Ananta, lo infinito.”
La constancia permite construir la práctica, sin embargo ésta debe modularse a través de una cualidad ética y espiritual imprescindible: la moderación. Esta capacidad impide que esa constancia se transforme en violencia, de modo que con el tiempo, el esfuerzo focalizado adquiere una cualidad integrada desde la natural fluidez que va adquiriendo el practicante.

Permanecer: la revelación interna de la postura
Ahora bien, desde la visión del Shakti Yoga, como una expresión actual de los preceptos tradicionales del Yoga, desarrollar la capacidad de permanecer en el asana, tiene implicaciones muy potentes para la consecución de sus logros más profundos. Es así como la experiencia profunda comienza cuando el practicante puede permanecer en la postura de forma estable, cualquiera que sea el nivel de logro físico, sin perder armonía, respiración ni atención. En este punto conviene hacer un breve acercamiento al universo casi infinito del asana, en cuanto a la multiplicidad de posturas que se han desarrollado y transmitido a lo largo de milenios. Desde los tratados más antiguos del Yoga hasta hoy, se han agrupado un gran número de posturas, de acuerdo a su función y aplicabilidad práctica.
El Haṭha Yoga Pradīpikā, originado aproximadamente en el siglo XIV, hace un énfasis importante en el tema de asanas complejas; importancia y explicación detallada de las posturas. Este tratado sigue siendo referencia para el estudio y la práctica del Hatha Yoga hoy en día, encontrándonos con diferentes tipos de agrupaciones. Por ejemplo: posturas de equilibrio en pie como Ekapāda Vṛkṣāsana o Naṭarājāsana; flexiones hacia adelante y hacia atrás como Uttānāsana y Chakrāsana; torsiones en pie y sentado como Garuḍāsana y Matsyendrāsana; así como potentes posturas invertidas como Sarvāṅgāsana y Śīrṣāsana (la parada de cabeza).
La permanencia permite observar:
- Dónde continúa existiendo esfuerzo innecesario.
- Qué zonas permanecen rígidas.
- Cómo reacciona la mente ante la dificultad.
- Si la respiración conserva amplitud y serenidad.
- Si la atención permanece o se dispersa.
La postura debería poder sostenerse con una respiración tranquila y serena, siendo ésta un indicador especialmente calibrado para detectar los momentos en que hay sobreesfuerzo, mecanicidad, ausencia o incomodidad. La respiración consciente nos permite permanecer en las posturas abriendo las puertas de la conciencia a la experimentación contemplativa del asana. Es importante también realizar un registro atento de la respiración, incorporándola como foco atencional a los momentos de entrada y salida de cada postura, de forma pausada, observando la contracción, distensión muscular y los efectos internos del asana.
Es aquí donde Ananta-samāpatti puede comprenderse entonces como una absorción o integración meditativa en lo ilimitado. El asana poco a poco se convierte en un punto de encuentro entre la forma (el cuerpo) y aquello que la trasciende (la conciencia). Paradójicamente, es la misma estabilidad física la que da apertura a una conciencia expansiva al interior. La mente se expande meditativamente desde la postura misma, a través de la respiración consciente, hacia la trascendencia y esa expansión es la que estabiliza la postura.
Más allá de los pares de opuestos
Presentamos por último el Yoga Sutra II.48:
Tato dvandvānabhighātaḥ.
Tato significa “de ello”, “a partir de eso”, o “como consecuencia”.
Dvandvā significa “par”, “dualidad” o “pares de opuestos”.
Anabhighātaḥ significa “ausencia de perturbación”, “no ser golpeado” o “no ser afectado”.
Se podría traducir como: “Como resultado de la realización del asana, el practicante deja de ser perturbado por los pares de opuestos.”
En este sutra, Patanjali refiere a que como consecuencia del logro del asana, el practicante deja de ser perturbado por las fluctuaciones mentales: finalidad última del Yoga. Sin interpretar esto como insensibilidad corporal, debe comprenderse como el desarrollo de una no identificación del yo ante experiencias internas cambiantes. Se trascienden estados duales de comodidad/incomodidad, logro/frustración; fuerza/debilidad; expansión/límite: un estado de realización contemplativa que solo el yogui con total entrega podrá experimentar.
Acercarse a esta concepción del asana implica para nosotros la capacidad de cultivar un recurso de permanencia consciente ante los cambios internos, cada vez con menos reacción, huída, imposición o rigidez. Lo que permanece es la conciencia, lo demás es cambiante por naturaleza, desde una mirada dualista que separa al asana del practicante.
El yoga profundo del asana contiene una clave que se presenta inicialmente como paradoja, pero deriva en una fórmula de exactitud y belleza infinita. El asana comienza en una forma finita, pero alcanza su sentido profundo cuando la conciencia deja de quedar confinada a ella.
En conclusión, la perfección del asana no consiste en construir una imagen corporal impecable, sino en establecer una relación más consciente con el cuerpo: firmeza sin rigidez, compromiso sin violencia, atención sin tensión y apertura ante aquello que trasciende sus propios límites.
“Si tuviéramos que darle al Ser una condición, no podríamos más que sentir que el movimiento y la gesticulación consciente es la referencia más hermosa que el ser humano puede contener de sí mismo.
Mostrarnos en esas figuras, siendo canales de energía pura, es establecernos en forma consciente en la existencia y, desde allí, hacer la conexión con el Ser Supremo.
Desplazar la energía por nuestro Sistema es también sentirnos como parte de esa extensión vibracional que se entreteje en el complejo cósmico.”
Sri Mataji Shaktiananda
Referencias
- Bryant, E. F. (2009). The Yoga Sūtras of Patañjali: A New Edition, Translation, and Commentary. North Point Press.
- Escuela Valores Divinos. (2012). Shiva Hatha Yoga: Enseñanza [manual de formación].
- Patañjali. Yoga Sutras, II.46–48.
Santiago Vilá, Mesa de investigación y redacción CLEV

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